viernes, 17 de agosto de 2018

Bolsonaro o el fantasma del fascismo en Brasil: última llamada

Arsinoé Orihuela Ochoa

Quiero recordar que a un año de la elección en Estados Unidos presagié el triunfo de Donald Trump (https://bit.ly/2MixE5h). Tan pronto ganó el candidato republicano en EE.UU., anticipé el triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México (https://bit.ly/2MmfFdS). En el primer caso, advertí que hasta el final de la elección conservaría la esperanza de que el pronóstico resultara errado; cosa que no aconteció, infelizmente. En el segundo, previne acerca de las limitaciones que entrañaría un gobierno “conciliador” en un contexto de sobrecarga de expectativas ciudadanas. Si bien aún no toma protesta el candidato electo, ya es posible discernir una acción concertada de AMLO y sus operadores para reducir o acotar tales expectativas sociales. A tan sólo 3 meses de la elección presidencial en Brasil, más que nunca espero que la previsión yerre, y que Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia por el Partido Social Liberal (PSL) –que no tienen nada de social ni de liberal, y que es fiel representante del baronato colonial– registre una derrota aparatosa en los comicios de octubre. Sin embargo, debo prevenir que tal escenario –el de un descalabro de Bolsonaro– se antoja difícil. El conjunto de fuerzas e inercias que recorren subterráneamente la elección en Brasil perfilan un desenlace electoral dramático. Jair Bolsonaro –militar en reserva y facsímil tropical de Donald Trump– es el tumor cancerígeno que brotó al interior del sistema político brasileño tras el golpe de Estado que depuso ilegalmente a la presidenta legítima, Dilma Rousseff. Cabe hacer notar, no obstante, que Bolsonaro no es una criatura de reciente fabricación. Las posiciones políticas que representa –plutocracia militarista sin concesiones– se alojan en Brasil desde tiempos coloniales. Hasta ahora tales expresiones habían sido más o menos eficazmente domeñadas en la política (no así en la sociedad o en los círculos de privilegio). La diferencia notable es que, en este momento, una franja importante de la ciudadanía identifica en él una respuesta o salida a los problemas que aquejan a Brasil. El propósito de este artículo no es vaticinar un eventual triunfo de esa “continuidad revestida de cambio”, sino más bien proporcionar algunas líneas de análisis y reflexión para intentar impedir, conjuntamente, que tal vaticinio llegue a cristalizarse. 

Es innegable que Jair Bolsonaro es una criatura arquetípica de la antipolítica. ¿Qué es la antipolítica? Noam Chomsky explica: “Lo que se ha creado durante este medio siglo de propaganda corporativa masiva, es lo que se conoce como ‘antipolítica’. Cualquier cosa que sale mal se culpa al gobierno. Y efectivamente, hay muchas cosas que reprocharle al gobierno. Pero el gobierno es la única institución que la gente puede cambiar, es la institución que uno puede afectar con la participación […] Esa es exactamente la razón por la cual toda la ira y el miedo están dirigidos contra el gobierno. El gobierno tiene un defecto: es potencialmente democrático. Las corporaciones no tienen defectos: son tiranías puras. Por eso se trata de mantener en el anonimato a las corporaciones, y concentrar toda la ira en el gobierno. Si no te gusta algo, si los salarios están a la baja, culpa al gobierno. No culpen a los hombres que figuran en [la revista de negocios] Fortune 500, porque nadie lee esta revista […] Uno nunca lee acerca de las ganancias astronómicas [de las grandes empresas] […] Como se ha dicho, hay mucho que reprochar al gobierno. Pero el gobierno es exactamente lo que Dewey describió como la ‘sombra proyectada de los negocios sobre la sociedad’. Si se quiere cambiar algo, es preciso cambiar la sustancia no la sombra” (https://bit.ly/2MT3fGX). 

O también podríamos encuadrar a Bolsonaro en aquello que los analistas llaman el “tercer espíritu del capitalismo”, y que se define, entre otras cosas, por la incorporación de una (seudo) crítica contra los desenfrenos del capitalismo, engañosamente ceñida tal crítica a la corrupción de los políticos, a fin de allanar –ideológicamente– el ascenso al poder público de los “no-políticos”: a saber, personajes como Trump o Bolsonaro que gobiernan sin soberano popular, presuntamente sin ideología, y al servicio exclusivo del privilegio, llámese militar, eclesiástico, criminal o empresarial. 

Para decirlo en términos más simples, no hay un ápice de novedad en la campaña-estrategia-programa de Jair Bolsonaro, excepto los factores externos, tales como el desencanto ciudadano o la fragmentación-naufragio de la izquierda, que son los catalizadores que a menudo propician el ascenso de la alternativa fascista. Bolsonaro arrastra votantes porque él se presenta como un rebelde patriota, en el contexto de una crisis generalizada que el ciudadano aislado atribuye a la corrupción de los políticos, en general, y a los escándalos de corrupción que involucran al Partido de los Trabajadores (PT), en particular. Para ese ciudadano atomizado, irritado, desconsolado y despolitizado, Bolsonaro representa la posibilidad de salir del laberinto de la soledad opresiva. Y no porque el candidato prometa, con base en una política inteligente, dirimir los conflictos que enfrenta Brasil, sino justamente porque promete abolir la política, que es la fuente de todos los males globales, nacionales o personales, de acuerdo con la narrativa que impusieron, a base de propaganda, las clases que dirigen monopólicamente la economía. 

Y esto último es lo que parecen no entender en la izquierda brasileña (si bien es cierto que no están definiendo planes de acción reflexivamente, sino apenas estudiando cómo sobrevivir a la ilegal persecución de la que son objeto). Atacar a Bolsonaro por falta de pericia gubernativa o por incorrecciones políticas sólo ayuda a incrementar su popularidad. Cualquier cuestionamiento proveniente de cualquier figura política eleva la simpatía del auditorio por el candidato. Cualquier aparición en televisión, así sean un par de minutos para responder una pregunta ingeniosa, se traduce en una cosecha de seguidores. El último debate presidencial en Brasil demuestra que la hegemonía está del lado de la ultraderecha conservadora: loas a dios, a la violencia, a la patria de los pocos, a los barones, al racismo estructural, a la técnica de la hiperacumulación, al rencor social, al machismo. Fue posible advertir, en las tres horas de transmisión, que la derecha golpista –que no es liberal; es ultraconservadora– está perfectamente organizada, y que los candidatos de la izquierda o del centro, notoriamente ignorados en el debate, están desarticulados, o acaso cuidadosamente arrinconados por el “frente de la derecha” (“las cincuenta sombras de Temer” dixit Guilherme Boulos) de tal modo que apenas consigan contribuir a realzar la presunta pertinencia o urgencia del programa ultraconservador. También quedó de manifiesto que el candidato de Rede Globo –el monopolio mediático de Brasil y el vigésimo quinto grupo de multimedia más grande en renta del mundo– es Jair Bolsonaro. A Rede Globo se suman casi todas las otras tiranías de Brasil: la iglesia, las fuerza armadas, el poder judicial, las corporaciones, el crimen organizado y los bancos. 

No se necesita mucha agudeza para reparar que, en la próxima elección de Brasil, el elector votará por aquel que proponga más firmemente un plan de acción urgente para restaurar la autoridad. Y en esto, los ultraconservadores registran una ventaja notable. Por ello, también es urgente que desde las izquierdas se defina un plan cuyo eje de acción-discurso recoja ese estado emocional, anhelo o demanda ciudadana. Por un lado, Bolsonaro propone restaurar la autoridad acudiendo básicamente a eso que Chomsky llama las “tiranías puras”, que son las fracciones del Estado que no están sujetas a escrutinio público o voto popular: reitero, la iglesia, las fuerzas armadas, el poder judicial, las corporaciones, el crimen organizado, los bancos. En suma, los flancos opacos u oscuros del aparato estatal (https://bit.ly/2nKeVkn). Por otro lado, las izquierdas primero tienen que definir una candidatura estratégica más o menos unificada. Y después, proponer con la misma vehemencia, o incluso superior a la de los ultraconservadores, la restauración de la autoridad desde las fracciones del Estado “potencialmente democráticas”: a saber, la sociedad organizada no empresarial, los nuevos movimientos sociales, la población civil desorganizada (que teóricamente es depositaria de la soberanía), los parlamentos federal-estatales, algunos partidos políticos (no golpistas), y el poder ejecutivo. 

Que el PT y Lula consiguieran aislar –con éxito– al candidato de centro-izquierda Ciro Gomes, boicoteando todas sus posibles alianzas políticas, comporta un mérito estratégico de corto alcance. Pero no necesariamente ético, en el largo plazo. Las consecuencias no previstas de esa “estrategia” pueden resultar catastróficas para Brasil. Porque acaso el único candidato del llamado “campo progresista” que podía competir seriamente en la elección, proponiendo la restauración de la autoridad desde las “fracciones del Estado potencialmente democráticas” era –o es– Ciro Gomes (a pesar de su esporádico camaleonismo). Vale decir: la disputa por la hegemonía al interior de las izquierdas, que no comporta ningún mérito ético, está allanando el camino al ascenso de Jair Bolsonaro. 

Francamente, espero errar en las previsiones. Y confío que la alfabetización política de ciertos sectores de la sociedad brasileña en los gobiernos del PT tenga impacto electoralmente, y que las izquierdas no confabulen –voluntaria o involuntariamente– a favor del fantasma del fascismo en Brasil.

http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=180817_070305_937

lunes, 23 de julio de 2018

AMLO o el costo que está dispuesto a pagar la élite: una reflexión en retrospectiva

Arsinoé Orihuela Ochoa 

El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha provocado una cascada de opiniones encontradas en México y el mundo. Nadie puede discutir que se trata de un acontecimiento político de alto impacto. Y eso explica que en este espacio también se viertan análisis u opiniones a granel sobre el asunto. El objetivo, sin embargo, es evitar que la euforia triunfalista o el derrotismo acostumbrado se apropien de las palabras. Rastreando lo que documenté o escribí en los últimos dos años sobre la figura de AMLO, encontré un artículo –publicado inéditamente en diciembre de 2016 en La Jornada Veracruz– que juzgué oportuno reproducir, acaso porque el contenido de profecía cumplida y el ánimo que en éste se expresa tienen más vigencia y verisimilitud en el presente. 

El “romance” de AMLO con empresarios conservadores, que no pocos críticos han condenado, es absolutamente reprochable. No obstante, lo inédito es justamente esa condena, que en el caso de otros presidentes electos nunca figuró, por la sencilla razón de que nadie tenía expectativas de que esos mandatarios ungidos procedieran de otra forma. Estas expectativas no son accidentales, y responden a otro hecho inédito que cabe registrar en la historia: es la primera ocasión en México, desde Francisco I. Madero y el paréntesis de Lázaro Cárdenas, que existe una correspondencia entre eso que la teoría llama la “voluntad general” y los resultados oficiales de unos comicios. Esto no se puede perder de vista. Y más allá de las componendas cupulares en curso, el hecho por sí sólo –el de la vigilancia y condena– es un triunfo de la sociedad desorganizada. Si bien los zapatistas tienen razón en insistir que el único “cambio verdadero” es el de la autoorganización, no es menos cierto que esas franjas poblacionales mayoritarias, desorganizadas y pulverizadas moralmente por la violencia estatal, apostaron, en su desorganización, por el cambio que estaba a su alcance: la urna. La convocatoria del voto masivo (radicalmente anti-PRIAN) fue exitosa. Difiero con la idea de que se trató tan sólo de un voto de castigo. Las redes sociales dan cuenta de un voto convencido. Y allí radica el mejor antídoto contra la tradicional pasividad del electorado: será un gobierno fiscalizado escrupulosamente por la ciudadanía. Y esta es la adversidad que enfrentará AMLO. Porque un mandato electoral, por definición (y sin obviar que estas limitaciones ameritan una profunda reflexión crítica), no es una licencia para imponer el deseo de las mayorías; es apenas un mandato para representar a esas mayorías en las negociaciones con los intereses poderosos. 

Es importante aprovechar el revulsivo moral para profundizar el involucramiento de la población civil en la política, y, como ya he insistido en otras oportunidades, rebasar a AMLO por la izquierda. 

Con el propósito de nutrir el análisis, reproduzco a continuación el documento citado. 

AMLO: el costo que está dispuesto a pagar la élite 

Advierto que en un primer momento este artículo coqueteó con el título de “AMLO: el fraude de 2018”. Que al final decidiera cambiar el título no respondió a un amago de “moderación-modulación”, que es un gesto tan socorrido por el “lopezobradorismo”. Responde a una cuestión de acento: juzgamos más importante el análisis de los resortes anónimos que prefiguran el escenario político en puerta que la intriga estrictamente electoral que perfila el 2018. Y también responde, aunque sólo tangencialmente, a un reconocimiento al trabajo de Andrés Manuel López Obrador, a la perseverancia de permanecer dos décadas en el centro del acontecer político nacional, y a la indisposición de establecer coaliciones con los partidos del establishment tradicional, que es acaso uno de sus gestos políticos más meritorios. 

Pero el contenido de la reflexión no mudó un ápice. Y el fondo de ese análisis es que AMLO representa la última oportunidad para el sistema político mexicano de salir de la crisis peligrosamente terminal que enfrenta. Es la última llamada para regenerar las fibras de la política institucional, y reconfigurar las estructuras de Estado con una direccionalidad políticamente sostenible, y ciertamente favorable para algunas fracciones de las élites. Como en Estados Unidos (aunque allá capitalizado por un conservadurismo cavernario), en México asistimos al ocaso de los tradicionales actores políticos institucionales cuya credibilidad es a todas luces nula. Cuando AMLO dice que es necesario salvar a México, entrelíneas proclama “salvar” la institucionalidad de México, esa que nunca en el siglo XX divergió del canon autoritario, ni en su modalidad nacionalista ni mucho menos en su envoltorio globalizador. 

Los hiperacumuladores que gobiernan el mundo no están seriamente intranquilos o alarmados con el ascenso de figuras políticas pretendidamente “anti-establishment” (que no “anti-sistema”, aunque muchos “comunicadores” confieran a cualquier impostor esta cualidad, sin saber siquiera qué significa, y desnaturalizando el sentido profundo del concepto). Si el progresismo sudamericano no consiguió modificar sustantivamente la correlación de fuerzas (capital-trabajo) después de un ciclo de 15 años en el poder, es todavía más improbable que el ciclo nacionalista en Norteamérica altere ese reparto jerárquico. José Mujica admitió recientemente en entrevista: “La democracia contemporánea tiene una terrible deuda social y está desgraciadamente evolucionando a una plutocracia. En nuestra américa latina hay 32 personas que tienen lo mismo que 300 millones de personas. Y su patrimonio crece 21% anual. Eso no es democracia. Eso va contra la democracia. Porque la excesiva concentración económica termina generando poder político”. Esto lo dice quien fuera acaso una de las figuras más emblemáticas de la izquierda partidaria del siglo XXI. El nacionalismo que emerge en la región septentrional del continente es incluso menos transgresor que la fórmula “nacional-popular” del sur. Y por consiguiente es previsible que la cosecha de triunfos sociales resulte todavía más modesta. 

En este sentido, AMLO es la posibilidad de reducir la tensión social en México, con un costo no tan oneroso para los dueños del país, y con base en una fórmula institucional que, en la primera oportunidad de malestar en las élites, el aparato judicial-mediático puede desbaratar sin muchos apuros, como hace en Sudamérica. 

El conflicto de clase en México discurre por terrenos de alta potencialidad insurreccional. En este escenario, Ayotzinapa representa la posibilidad de subvertir todo el orden jerárquico en el país. La desaparición forzada de los 43 normalistas encierra todos los males de México: injusticia social, represión barbárica, contrainsurgencia militar, delincuencia organizada de estado, corrupción e impunidad. Prueba terminantemente que la acción del estado mexicano constituye un terrorismo de estado, cuidadosamente orquestado. Ese costo es el que quieren eludir las élites. Con AMLO en el poder, se diluiría el objeto de reclamo popular: corrimiento de la consigna “Fue el Estado” a un “Fue el peñanietismo”. 

Donald Trump es el otro coste que quieren constreñir. La última generación de élites en México, apostó todo a la alianza –desigual e indigna– con Estados Unidos. Y con el repliegue obligado que entraña Trump (el primer presidente abiertamente antimexicano), intentan desesperadamente acotar el precio de la histórica traición. Estamos en un episodio en que la autoestima personal está íntimamente entretejida con la dignidad nacional. Esa fue la lectura de Fidel Castro en la Cuba de Batista, en esa época bajo el signo del comando estadunidense. Pero Castro no concedió margen a la “reconciliación” o la oportunidad política. En 1953, Fidel escribió: 

“El momento es revolucionario y no político. La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre paso al mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que exponen el pecho descubierto y toman en la mano el estandarte”. 

Decía Bertolt Bretch que los pequeños cambios son el enemigo del gran cambio. AMLO es ese “pequeño cambio” o “momento político” que permite refuncionalizar las dimensiones estatales más desacreditadas sin modificar seriamente la correlación de fuerzas, y, simultáneamente, desactivar el gran cambio o el “momento revolucionario”. 

Esto no es una “campaña” contra Morena o AMLO. Es incluso una exhortación a la reflexión, que tiene por destinatario a esa base popular reunida en la órbita del “lopezobradorismo”. Que los medios de comunicación dominantes, fracciones de la clase política y no pocos poderes fácticos elogien a “Don Andrés”, no es ninguna ironía o accidente: es el costo político que está dispuesto a pagar la élite en México.

viernes, 29 de junio de 2018

3 tesis y un colofón sobre la Elección México 2018

Arsinoé Orihuela Ochoa

La casi inminente victoria de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en las elecciones presidenciales en México ha despertado un prolijo debate sobre el “significado” histórico que tendría tal suceso. No obstante, la casi irreflexiva costumbre de anticipar escenarios de los analistas (me incluyo en ese infame séquito) ha desplazado el análisis fundamental sobre las determinantes, causas e inercias que propiciaron un escenario favorable para el eventual triunfo de AMLO, máxime en un país donde el fraude electoral ha sido el mecanismo dominante para la rotación de élites políticas. No nos ocupa tanto el significado como sí las causas. Y este análisis es el que propongo, acudiendo a los planteamientos expuestos en este espacio en los últimos 18 meses. 

Respecto a la inminencia del triunfo de AMLO, desde 2015 acá se dijo que sólo había tres escenarios posibles en la elección en puerta: (1) un triunfo apretado de AMLO; (2) un triunfo aplastante de AMLO; (3) un mega fraude electoral. Dicho esto, la pregunta que nos interesa responder es qué factores produjeron esta situación. En tal sentido, el análisis deberá atender, primero, los factores internacionales o geopolíticos, segundo, los domésticos políticos, y tercero, los sociales internos, en ese orden de exposición. Esta propuesta de análisis responde a una firme convicción: indagar en las causas o factores determinantes es la única manera razonable de anticipar escenarios futuros. Sirvan las siguientes 3 tesis para ilustrar las claves de la “casi inminente” victoria de AMLO. 

Tesis 1. La geopolítica 

Desde el 20 de enero de 2017, Donald Trump se convirtió en el 45° presidente de los Estados Unidos de América. El ascenso al poder de Trump significó el ascenso de una agenda política explícitamente anti-mexicana en Estados Unidos. Hasta la fecha, el principal destino de las exportaciones de México es justamente EE.UU., con $289 miles de millones anualmente, muy lejos del segundo destino, Canadá, con tan sólo $23 miles de millones. En el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el 82% de las exportaciones mexicanas tienen como destino al país vecino. Trump representa un freno a esta sociedad comercial, prácticamente unidireccional en el caso mexicano. Este es un primer elemento inédito. Hasta 2012, la conquista de la presidencia en México se apoyó fuertemente en la alianza con el gobierno en turno de Estados Unidos. 

El proyecto neoliberal-integrador sufrió un revés. Esto debilitó políticamente a las élites anexionistas en México, e instaló la obligatoriedad de reorientar la economía en función de las reglas del juego impuestas por Trump. El ascenso del magnate dejó en la orfandad a las élites gobernantes en México. La más tajante prueba de esto es que, mientras el alto funcionariado mexicano lanza gestos de amistad al gobierno de Estados Unidos, éste responde invariablemente con gestos de enemistad e insulto llano. México es un peón acasillado. Quedó evidenciado, en el curso de la elección, que las élites políticas no tienen fuerza ni siquiera para movilizar populistamente a la población (https://bit.ly/2yUx5bi). Y el riesgo de la ingobernabilidad o vacío de autoridad –en los cálculos de los poderes constituidos– alcanzó rango de primerísima prioridad. En cierto sentido, AMLO representa una salida a esta encrucijada, lo que en otra oportunidad bauticé como “Mexit”, es decir, un Brexit a la mexicana, un deslizamiento hacia un ejercicio de poder afín al espectro de la época: la desglobalización (https://bit.ly/2N79jMl). AMLO es el repliegue obligado, y el costo que está dispuesto a pagar la élite derrotada con tal de evitar la configuración de coaliciones políticas potencialmente más transgresoras. 

En lo tocante a los hiperacumuladores que gobiernan el mundo, cabe señalar que –aunque intranquilos– no están seriamente alarmados con la ascensión al poder de figuras políticas “anti-establishment”. Si el progresismo sudamericano no consiguió desestructurar sustancialmente la correlación de fuerzas (capital-trabajo) después de un ciclo de 15 años en el poder, es todavía más improbable que el ciclo nacionalista en Norteamérica altere ese reparto jerárquico. En este sentido, tanto para las elites nacionales como para los capitales internacionales, AMLO es la posibilidad de reducir la tensión social en México y restaurar la autoridad bajo las nuevas reglas de juego sin arriesgar un costo tan oneroso, pues en la primera oportunidad de malestar en las élites, el aparato judicial-mediático puede desbaratar sin muchos apuros a un gobierno “incómodo”, como hace al presente en Sudamérica. Esto explica que los mercados internacionales no intervinieran decisivamente en la elección en México. Por lo menos hasta ahora. 

Tesis 2. La política doméstica 

El divisionismo de las élites mexicanas y el injerencismo del narcotráfico –acaso junto con Donald Trump– son las sombras obscenas que recorren subrepticiamente toda la elección de 2018. 

Lo políticamente relevante en estos próximos comicios, en materia de política doméstica, es la fractura del trinomio PRI-PAN-Narco (Partido Revolucionario Institucional; Partido Acción Nacional; Narcotráfico). Estas tres fuerzas representaron históricamente el voto neoliberal. Personifican básicamente el mismo voto conservador. Y este voto está pulverizado. En 30 años o más, el PRIANARCO nunca se fracturó. Siempre consiguieron unirse –con éxito– para frenar a AMLO. Esta vez fracasaron. Ahí radica el otro elemento inédito de la elección. 

Los dos indicadores de esta ruptura son, por un lado, el fracaso de las cúpulas del PRI y del PAN por impulsar una candidatura unificada (agravado por el cruce de amenazas de cárcel entre los candidatos José Antonio Meade y Ricardo Anaya, en caso de que uno u otro resultara ganador), y por otro, la suma de políticos asesinados en el marco de la elección, cuya cifra asciende a 121, 46 de ellos contendientes a cargos de elección popular en la edición comicial del próximo 1º de julio. De acuerdo con el último informe de la consultora Etellekt, “además de los 120 políticos asesinados contabilizados, se han contado otros 351 asesinatos en contra de funcionarios no electos, es decir, cuyos cargos no dependen de elecciones” (https://cnn.it/2yFxBtR). Es decir, una auténtica avalancha de violencia homicida tributaria de la ley de “plata o plomo”, que es el sello que distingue al actor narco. Es preciso entender que el narcotráfico es un actor político tan poderoso que “asiste” encriptado a la campaña. Difícilmente un candidato en Estados Unidos alude explícitamente a los barones de Wall Street. Lo mismo acontece en México respecto al narco. 

Desde inicios de 2000 hasta la fecha, 21 ex gobernadores han sido acusados de asociación delictiva con el narcotráfico. El narco es un actor estatalizado, enquistado en los circuitos formales de la economía y la política. A esta estatalización –prohijada por el PRI– se yuxtapuso un proceso de hiperpolitización del actor narco, producto de la declaratoria de guerra decretada por el PAN. Hoy es virtualmente imposible identificar una instancia institucional que no esté operativamente articulada a la órbita del narcotráfico. Esto explica que el narco asuma un comportamiento “estatal”, cobrando impuestos, efectuando tareas de contrainsurgencia, ensayando estrategias de comunicación con el público (narcomantas, narcoblogs, narcoseries), reclutando comandos militares de élite, conquistando territorios por la fuerza, invirtiendo en obras públicas, desarrollando proyectos turísticos e infraestructurales, financiando campañas políticas etc. 

Algunos enfurecieron cuando AMLO propuso amnistía para los narcotraficantes. Si aceptamos la tesis de que “el narcotráfico es un actor político tan poderoso que ‘asiste’ encriptado a la campaña”, cabe entonces prevenir que el indulto ya había sido extendido con anterioridad, cuando anunció que no perseguiría a ninguno de los integrantes de “la mafia del poder”. En lenguaje descodificado, esto significa que la propuesta es desalojar al actor narco de las posiciones clave del aparato estatal, no sin la posibilidad –y en esto consiste la amnistía– de que continúe el negocio en los márgenes del Estado. Es decir, la idea es desterrar de la institucionalidad pública al narcotráfico y a sus aliados políticos del PRIAN (https://bit.ly/2KunYzw

Hasta ahora (insisto: hasta ahora), a una fracción de élite económica le cautiva la idea de desmontar a “la mafia del poder”, porque esta coalición –conformada por el trinomio PRIANARCO– ha acumulado tanto poder que está afectando el dinamismo de los grandes negocios. Por ello, una franja de las élites nacionales apuesta por Andrés Manuel López Obrador, e incluso algunos “notables señores” ya engrosan las filas del partido Morena. 

El temor, no obstante, es que ese “desmontaje” desencadene “al tigre” (dixit AMLO), es decir, al México subalterno (https://bit.ly/2MwYnXj). 

Tesis 3. El orden social interno 

AMLO amenazó con “soltar al tigre” si no lo dejaban llegar a Palacio Nacional, y ofreció amnistía a sus adversarios. Con ello, AMLO lanzó una oferta que “la mafia del poder” no podía rechazar. El establishment entendió el mensaje: o lo dejan gobernar (todos en paz) o estalla el país. 

Ahora bien, que el país esté al borde del estallido significa que en la sociedad se aloja un malestar profundo. Ese malestar tiene básicamente dos fuentes: la corrupción de los políticos tradicionales, y la inseguridad. Podríamos hacer un inventario de las demandas e indignaciones de los mexicanos. Pero tal tarea es para una investigación enciclopédica. En este sentido, y con el propósito de acotar, agrupemos en las dos macrocategorías antes referidas el malestar social –corrupción e inseguridad–. De hecho, más allá de las experiencias autoorganizativas del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) o la CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación), el grueso de las llamadas organizaciones de la sociedad civil (excluyendo obviamente a las de signo empresarial), se han aglutinado alrededor de estas dos luchas: la anti-corrupción y la seguridad. AMLO es el único que en su praxis y discurso atendió estos dos flagelos. Por esta razón, se espera un apoyo ciudadano masivo a su candidatura y a las primeras etapas de su gestión. 

AMLO representa una correspondencia exacta entre las fuentes del malestar social y las banderas que su candidatura enarbola. Ciertamente esto justifica su aplastante ventaja en las preferencias electorales. 

Colofón 

Todo lo que hasta ahora han planteado los analistas más “connotados” en relación con la “casi inminente” victoria de AMLO discurre por atajos estériles. La disyuntiva que prefigura AMLO no es nacionalismo o neoliberalismo, ni autoritarismo o democracia, ni pasado o futuro, ni ninguna de esas perogrulladas ideológicas que repiten hasta el hastío personajes como Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín o Jorge Castañeda Gutman o el resto de los intelectuales fracasados y maiceados. 

Con AMLO habrá un recambio en el poder. Punto. Reactualizará las estructuras estatales en México conforme a las nuevas reglas del juego. Reconfiscará el control –parcial– de algunas industrias estratégicas. Conferirá, en el curso de su administración, algunas concesiones a la sociedad civil organizada, por ejemplo, extensión de las jubilaciones y derogación de la contrarreforma educacional. Mejorará, apenas incipientemente, el poder adquisitivo de los sectores desorganizados de la población. Sí, tal vez dejará intocada la cultura política clientelista e influyentista. Pero, a la par, moralizará –hasta donde el ejemplo de su figura alcance– la vida pública de México, aun cuando perduren los vicios consustanciales a un Estado colonial. Es probable que consiga minar parcialmente el poder político del narcotráfico, desactivando la guerra y desmontando –también parcialmente– las alianzas estratégicas de ese actor con las cúpulas del aparato estatal. Reorientará la economía para explorar relaciones comerciales con otras regiones y países. Es posible que restablezca una relación diplomática y económica con Latinoamérica. Y, como en los países al sur del continente, es previsible –y lo digo a modo de advertencia– que el progresismo de AMLO encierre el mismo peligro que los progresismos del sur entrañaron: la eventual derechización del voto y el ascenso de un fascismo social, como ya se advierte en Brasil y Argentina. 

No es el pronóstico más deseable, pero sí el más factible en razón de lo vivido y observado.

Fuente; http://www.jornadaveracruz.com.mx/Post.aspx?id=180629_142603_365

viernes, 8 de junio de 2018

El ABC de la huelga de los camioneros en Brasil: la crisis tridimensional

Arsinoé Orihuela Ochoa 

Brasil está roto. La reciente huelga de los camioneros –que tuvo una duración de diez días y que los analistas calificaron de “histórica”– dejó apreciar la gravedad de la fractura. Brasil está roto porque lo rompieron. “¿Y quiénes rompieron al ‘gigante del sur’?” Ésta es la pregunta que a bocajarro todos quieren responder. No obstante, sin menospreciar la relevancia de las posibles respuestas, sostengo que es insuficiente señalar nombres y apellidos. Es necesario rastrear las lógicas e intereses que intervienen en la trama. Si bien es cierto que desconfío de la palabra “crisis”, acaso porque evoca tantos significados, en esta oportunidad, y por razones prácticas, consideré oportuno caracterizar la situación actual de Brasil en términos de “crisis”. En tal sentido, para evitar confusiones o digresiones, cuando decimos “crisis”, entiéndase no sólo una situación de peligro o adversidad, sino también, y acaso principalmente, una coyuntura de cambios sujeta a evoluciones e inestabilidades de largo alcance. 

Una cuestión que nadie puede omitir es que la ruptura del país trajo consigo la ruptura de la comunicación, y hoy discutir de política en Brasil puede costar una amistad o la excomulgación familiar. Restablecer el diálogo es una precondición para salir de este enredo. Y para ello, es necesario reorientar la problematización, a fin de ahorrar confrontaciones estériles, y, por consiguiente, evitar los “quiénes” y ponderar los “por qué”. Es decir, “recalcular” las trayectorias del debate, y dejar que la distribución de responsabilidades caiga por su propio peso sobre las espaldas de los actores. Esto de ninguna manera significa renunciar a la lucha por la libertad de Luiz Inácio Lula da Silva. Pues si en Brasil prevaleciera un orden efectivo de justicia, Lula sería el último de los políticos en ameritar una condena, acaso junto con Dilma Rousseff. Y cabe insistir en esto, porque parece que algunos colegas todavía no entienden que el destino de Brasil depende, en gran medida, del desenlace del caso Lula. 

Los efectos de estos diez días de huelga de los camioneros, ilustran fielmente las dimensiones de la crisis en Brasil: calles fantasmales, autopistas obstruidas, escuelas desiertas, supermercados desabastecidos, aeropuertos colapsados, gente encolerizada. Si alguien, alguna vez se preguntó cómo paralizar una economía, sin hallar una respuesta plausible, Brasil ofrece una pista fehaciente. Sólo basta que los transportistas decreten una huelga –en esta ocasión como protesta por el alza al precio del combustible– para interrumpir, literalmente por cielo, mar y tierra, el funcionamiento del capitalismo, en un país que, como México (nótese que se trata de las dos primeras economías de Latinoamérica), autoboicotearon el desarrollo de servicios e infraestructura ferroviarios. ¡Extraordinaria lección que no sospechó nadie, ni los huelguistas! 

Pero el tema que nos ocupa es el de las causas de la “ruptura” del país. Y ya hemos adelantado que el problema se puede explicar en clave de “crisis”. De manera tal que la huelga es sólo un indicador –suma de todos los males–. Pero no se trata de una sola crisis, sino de una yuxtaposición de crisis –en plural–; como bien señala el título del artículo, básicamente una crisis tridimensional. Todas las razones y sinrazones esgrimidas por propios y extraños con respecto a la huelga de camioneros remiten, vaga e imprecisamente, a una de estas tres crisis, que a continuación resumo. 

a. La crisis económica 

Desde 2013-14, Brasil atraviesa una crisis económica que algunos especialistas –no necesariamente inocentes políticamente– califican como la “peor recesión en la historia del país”. Si tal aseveración es cierta, es discutible. Pero lo que sí es innegable es que la desaceleración fue acusada, que la economía se contrajo casi cuatro puntos porcentuales, que la tasa de desempleo escaló a 12%, y que la tasa de inversiones registro una caída de 14%, entre otros indicadores macroeconómicos a menudo invocados por la opinión pública. Los efectos de la crisis económica se resintieron fuertemente entre las franjas inferiores de la población, sobre todo tras el aumento al precio de ciertos servicios, como el transporte público (recuérdese las protestas de 2013). La crisis económica aglutinó malestares diseminados entre los eslabones más bajos de la población, sectores medios, y ciertamente las oligarquías del país, que no querían participar de la “distribución de riesgos” prescrita por la desaceleración (y las políticas tributarias del Partido de los Trabajadores) y preferían transferir el costo de la crisis exclusivamente a los estratos más vulnerables. La simultaneidad de la crisis y la Copa del Mundo de Brasil 2014, imprimió a la disconformidad una proyección internacional. Las élites nacionales capitalizaron la coyuntura, y, apoyadas por actores e intereses internacionales, orquestaron un juicio político (impeachment) para destituir a la presidenta constitucional Dilma Rousseff, presuntamente por el crimen de responsabilidad en el maquillaje de cuentas fiscales. En junio de 2016, el Senado Federal removió a Dilma del cargo en carácter definitivo. Michel Temer asumió interinamente el mando, y en cuestión de unos días puso en marcha un agresivo paquete de reformas que, contrariamente a lo anunciado, acabó por profundizar la crisis. Entre otras decisiones a todas luces draconianas, el gobierno de Temer congeló el gasto público por un plazo de veinte años, e impulsó una política de liberalización de los precios del combustible. Apenas un año después de las modificaciones, el costo del diésel se disparó. En los primeros meses de 2018, los transportistas solicitaron la instalación de una mesa de negociación para tratar el asunto con el gobierno. La administración de Temer ignoró la petición. Y el 21 de mayo estalló la huelga. 

b. La crisis institucional 

Frente a la crisis económica, las élites brasileñas respondieron con voracidad. En realidad, destituyeron a Dilma Rousseff porque su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), representaba un modelo de economía incompatible con la concentración de riqueza en tiempos de crisis. Incluso hasta los más entusiastas impulsores del impeachment contra Rousseff admitieron que había sido un “acto de venganza” (dixit Michel Temer). Y al menos esta parece haber sido la motivación de algunas fracciones de la clase política que conspiró. Pero la motivación de fondo, y que involucra a las oligarquías domésticas, grupos de presión y centros de autoridad internacionales, fue la desactivación política del lulismo-petismo y todo lo que ello entraña. Esto explica que, a la postre, enjuiciaran ilegítimamente a Luiz Inácio Lula da Silva, y dispusieran recluir en la prisión a la máxima figura política en la historia de Brasil (lo que por sí sólo es absolutamente vergonzoso). Está ampliamente documentado que la causa por la que juzgan a Lula es falsa, que la condena por la que lo detienen es fraudulenta (por “convicción”, dicen los jueces), y que la razón por la que lo encarcelaron no es otra sino la de proscribir al candidato que encabeza las preferencias electorales en las encuestas de opinión. A las élites del país no les importó barrer con la ya de por sí débil credibilidad de las instituciones. Se desmoronó la representatividad y la legitimidad de los mandos políticos. No hay un ápice de legalidad en las estructuras de gobierno de Brasil. 

La consigna que a menudo escoltó a la huelga de los camioneros fue la de “intervención militar ya”. Pero en realidad lo que subyace a esta peligrosa señal es una torpe reclamación de restauración de autoridad. El problema es que los actores e instituciones que pudieran restaurar “democráticamente” el orden, están arrinconados, recluidos, desmoralizados o satanizados. Y la única solución que la gente común puede imaginar es la solución militar. Adviértase que este es uno de los efectos más tóxicos de la llamada “judicialización de la política”, que está en curso en toda la región: a saber, que, ante el descrédito de los representantes políticos, la cosa pública la gestionen grupos, poderes e instancias que nadie eligió ni votó, y que, por lo tanto, estén libres de la responsabilidad de rendir cuentas a la población; por ejemplo, las fuerzas armadas, el poder judicial, los medios de comunicación, o los tres en alianza. 

c. La crisis política 

Conjuntamente las dos crisis antes referidas desembocaron en una fuerte crisis política, de la cual no se avizora una salida fácil. No sólo estamos ante un montaje judicial, una persecución política, cuyo propósito es alterar las próximas elecciones presidenciales: estamos ante una estrategia de disciplinamiento-ortopedia social con base en la proscripción de cualquier “salida democrática”. Como en Estados Unidos (gobernado por Donald Trump), el personaje que despunta en las encuestas en Brasil, sólo detrás de Lula, es un político (Jair Bolsonaro) que promete el retorno al añorado orden premoderno de los privilegiados, donde la política y el conflicto expiran por decreto unipersonal. 

La crisis política no es sólo una crisis de representatividad: es un cambio en las reglas del juego político. La judicialización de la política es la causa y efecto de esta reorientación. Hemos constatado que la conversión de la política en asunto judicial moviliza a la ciudadanía en torno a la voluntad de los grupos de poder. Es altamente efectiva porque consigue la aprobación del público para la alteración de las reglas del juego (apoyados con el estribillo de la “corrupción”). 

En este viraje, de los procedimientos electorales a los procedimientos judiciales, radica la posibilidad de imponer la tiranía por oposición a cualquier formato de negociación, que es exactamente lo que han querido instalar como lógica respecto a la huelga de los camioneros: es decir, la primacía de la ley y el orden, tal como intento Temer con el decreto del GLO (Garantía de la Ley y del Orden), y la habilitación del uso de la fuerza sin restricción ni contrapeso en la gestión de los asuntos públicos.

viernes, 18 de mayo de 2018

México 2018 [VIII]: tres escenarios posibles; descentralización de la administración pública; lecciones del sur

Arsinoé Orihuela Ochoa 

Derrotismo o los tres escenarios posibles 

Tras una larga campaña electoral teñida de un rotundo favoritismo lopezobradorista, y a pesar de los casi 20-30 puntos de ventaja del candidato de Morena en las intenciones de voto (según las encuestas, nunca confiables), y a tan sólo seis semanas de la elección, aún priva, entre no pocos votantes, la desconfianza acerca de un posible triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en los comicios del 1º de julio. “No lo van a dejar”, dice el estribillo, como si se tratara de una rencilla privada entre un “retoño desobediente” y su pandilla, y no una elección que involucra a la totalidad de los mexicanos que radican dentro y fuera de México. Cabe reconocer que ese ánimo derrotista no es gratuito. En México nunca se respetaron las preferencias de la población en una elección presidencial. Eso que llaman el “juego democrático”, en nuestro país trascurrió, con escasas variaciones, por trayectorias ominosas: elecciones de Estado (la larga noche de la “dictadura perfecta” del Partido Revolucionario Institucional), magnicidios o asesinato de candidatos (Luis Donaldo Colosio en 1994), transiciones espurias (Vicente Fox Quesada en 2000), flagrantes fraudes electorales (Carlos Salinas de Gortari en 1988; Felipe Calderón en 2006), y compra de voluntades con dineros provenientes de la delincuencia organizada (Enrique Peña Nieto en 2012). Este inventario de contravenciones a la voluntad de las mayorías desmonta la estúpida idea (otra modalidad de disfraz derrotista) de que “los pueblos tienen el gobierno que merecen”, que infelizmente es una prenoción que repiten al unísono “intelectuales” de derecha e izquierda. El conjunto de guerrillas o grupos políticos armados diseminados en la geografía nacional (todos ellos legítimos) aportan otro alegato lapidario de que los pueblos no admiten la condición de opresión a la que los condena un “mal gobierno”. En este sentido, y más allá de los posicionamientos políticos o estados de ánimo que suscriba cada uno, las evidencias e inercias permiten adelantar tres posibles escenarios para el próximo 1º de julio: (1) un triunfo apretado de AMLO; (2) un triunfo aplastante de AMLO; (3) un mega fraude electoral. 

Descentralización de la administración pública: la jugada destacada del partido 

Al final de un encuentro deportivo (e.g. un partido de fútbol), el equipo de locutores a cargo de la transmisión acostumbra votar por la “jugada destacada del partido”. Algunas veces, los comentaristas consiguen decretar, con antelación al final del juego, el “highlight” de la ocasión. Esto acontece cuando una acción temprana cambia sensiblemente el curso del trámite. 

Extrapolando esta lógica al escenario de la elección en puerta, estimo que la “jugada destacada del partido”, el acontecimiento que altera el procedimiento rutinario de las promesas vacías, y que desvertebra el reparto de facultades en el organigrama del poder público, es la propuesta de descentralizar la administración pública federal en función de las prioridades/contribuciones de cada estado o región. Es una reactualización de las estructuras públicas, para homologarlas con la desconcentración económica (que no es lo mismo que la hiperacumulación, el epifenómeno del neoliberalismo) que atravesó el país en los últimos 50 años, con polos industriales ubicados en las regiones norte y bajío del país, centros turísticos reunidos alrededor de la Riviera Maya, o las desguarecidas sedes de producción petrolera, que podrían recuperar un poco de la soberanía arrebatada en el ciclo neoliberal. 

La apuesta es transitar de la actual feudalización político-económica (poder económico desconcentrado-poder político hipercentralizado) a una descentralización o federalismo más o menos genuino. Y esta propuesta, que claramente atrae a las élites provinciales, es la razón por la cual AMLO no desciende en las preferencias electorales, aún cuando su voto duro se concentre en la capital y alrededores. 

El progresismo o las lecciones del sur 

El expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva –acaso la figura de la izquierda más elogiada por propios y extraños– está en la cárcel. Cristina Fernández de Kirchner resiste una virulenta persecución judicial en Argentina. Rafael Correa, el expresidente ecuatoriano, fue inhabilitado políticamente en por una confabulación caprichosa del oficialismo. Y otros tantos líderes del progresismo en Sudamérica atraviesan situaciones de acoso y cacería sin precedentes. 

México no puede ignorar las lecciones del sur. La política de “conciliación de clases” es una bomba de tiempo. No se puede construir un programa político sostenible, en beneficio de las mayorías, sin tocar los privilegios y las fortunas concentradas. No es posible conquistar la soberanía, la justicia social y la paz sin una transformación de fondo. Es necesario alterar el reparto del orden jerárquico, desactivar la guerra contra la población, alfabetizar políticamente a las bases populares, pluralizar las fuentes de información, y recuperar el control de las industrias estratégicas. 

El progresismo que representa AMLO acaso encierra el mismo peligro que los progresismos del sur: la eventual derechización del voto y el ascenso de un fascismo social, como ya se advierte en Brasil y Argentina. 

México no puede ignorar las lecciones del sur. Sin renunciar a votar por AMLO, es necesario rebasar, por el flanco izquierdo, a AMLO.

domingo, 29 de abril de 2018

México 2018 [VII]: votar masivamente por AMLO; desbordar a AMLO

Arsinoé Orihuela Ochoa

El espectáculo del primer debate fue francamente grotesco (¿dantesco?). Básicamente destacaron dos realidades, que acaso ningún observador mínimamente alerta osaría objetar: uno, que está en marcha una acción concertada –diseñada por la élite gobernante– contra el candidato que encabeza arrolladoramente las preferencias electorales, Andrés Manuel López Obrador (y no es conspiracionismo; no hace falta más de dos dedos de frente para advertir la maquinación); y dos, que, por casi un siglo, las clases gobernantes (incluidos los gobiernos de la novelesca “transición”) reprodujeron su estancia en el poder con base en la exclusión de “los mejores hijos de México”. 

La peor ralea de fariseos: corruptos, criminales, asesinos, mediocres de cabo a rabo, demagogos, estultos e ignorantes, gobernaron el país a su antojo y con escasos contrapesos. La gobernabilidad de la “dictadura perfecta” involucró decisivamente el aplastamiento sistemático de nuestras facultades, atributos e inteligencias. Asistimos al estadio más acabado de la degradación de la política nacional. El debate (dislate) presidencial es un signo inequívoco de esa descomposición, que a más de uno debió provocarle riesgos de embolia cerebral. 

Insisto que las únicas dos conclusiones que arroja ese remedo de ejercicio boxístico fueron, por un lado, el compló anti-AMLO, de menor escala, y por otro, el compló a escala ampliada, que consiste en la acción unificada de un conjunto de fuerzas e intereses que están dispuestos a llevarnos a la inmolación material, moral y cultural. No hace falta referir a los pormenores de lo ocurrido en el debate, porque eso significaría seguir estrujando una herida que supura a chorros, tal como haría una persona perturbada que recapitula hasta el hastío un episodio traumático para autoboicotear su sanación. 

De estas dos conclusiones antes referidas, resulta una enseñanza que debe ascender a plan de acción nacional, a saber: la obligatoriedad de votar masivamente por AMLO en la próxima elección –aun cuando no se trate exactamente del líder más carismático o convincente, y a pesar de la tibieza de un programa que aspira a gobernar a “ricos y pobres” (¡sic!)–; y la no menor responsabilidad de desbordar a AMLO por el flanco izquierdo una vez que gane la elección. 

AMLO es la posibilidad de un desbordamiento de las agendas sociales, largamente incubadas en la entraña de la sociedad mexicana, hoy postrada por un baño de sangre y un ciclo infernal de destrucción. Acaso allí radica el trillado “miedo” de las élites económicas, y de las castas políticas enquistadas parasitariamente en la ubre del Estado: que el programa de AMLO habilite la irrupción de las “clases peligrosas” (o en el argot peñanietista: “la prole”). 

Hasta ahora (insisto: hasta ahora), a los dueños del dinero les cautiva la idea de desmontar a “la mafia del poder”, porque esa “pandilla de malandros” (sic) ha acumulado tanto poder que está obstruyendo la dinámica de los grandes negocios (especialmente esa fracción de la “mafia” que se apoya fuertemente en el factor narco; y eso explica que AMLO proponga una amnistía, que en sentido estricto es una fórmula para “capturar” los dineros del narco sin la colateralidad de la violencia del narco). El temor, no obstante, es que ese “desmontaje” desencadene “al tigre” (dixit AMLO), es decir, al México subalterno. 

En cualquier caso, los ricos y poderosos tienen un “plan B”, mucho más tóxico e infinitamente más lesivo: la alianza PRI-PAN-PRD-MC-etc… Y la inclinación por ese “plan B” depende de la correlación de fuerzas que de aquí a la elección prevalezca. El voto-aprobación de las mayorías juega un rol clave en esta elección. Solamente un apoyo masivo a AMLO inclinaría la balanza en favor de éste, y en favor de una oportunidad que, por razones estratégicas, los electores en México no pueden desaprovechar. Alguien (si no mal recuerdo fue Malcolm X) escribió que, si un pueblo tiene la posibilidad de cambiar el curso de la historia en una elección y no lo hace, ese pueblo está enfermo. (Además, entiendo que la venganza no goza de buena prensa, y, desde ya, alcanzo a escuchar las feroces objeciones de los beatos demoliberales, pero, cumple preguntar: ¿acaso un triunfo de AMLO –el némesis que tanto temen los ultraconservadores– no significaría una especie de venganza en plato frío contra Carlos Salinas de Gortari –el primer golpista neoliberal?) 

Por último, cabe prevenir que la primera parte del plan de acción nacional –votar masivamente por AMLO–, involucra a sectores e intereses de arriba y abajo. La segunda parte –desbordar a AMLO– es la agenda de la “prole”; la empresa que, silenciosamente, impulsan los actores organizados que militan abajo y a la izquierda. 

viernes, 13 de abril de 2018

Ni “chavismo” ni “lulismo” sino todo lo contrario: el imperio contraataca

Arsinoé Orihuela Ochoa

Los imperios han existido a lo largo de toda la historia. Y esto lo sabe hasta un niño que cursa la educación básica. Sin embargo, el concepto de “imperialismo” siempre ha “adolecido” de mala prensa, excepto allí donde las dirigencias políticas conquistaron a sangre y fuego el derecho a proferirlo públicamente. Actualmente, y casi en cualquier ámbito, el uso de este término provoca urticaria por “panfletario” e “inelegante”. Y aunque se admita que ha sido objeto de falsificación o derroche verborréico, “imperialismo” es un concepto absolutamente legítimo porque connota y denota algo preciso: a saber, la capacidad de controlar, influir o dirigir con éxito lo que hacen otros pueblos o naciones más débiles, sin costo político o sanción para el agresor. Y si alguien piensa que esto es puramente ideológico, sólo basta acudir al caso que acapara en este momento la atención del mundo: la encarcelación del expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. 

El debate sobre el caso Lula recorre básicamente tres coordenadas: uno, que se trata de un escenario exitoso de aplicación de la justicia; dos, que la condena-aprehensión es parte de una maquinación judicial fraudulenta (“lawfare”) para inhabilitar electoralmente al principal adversario de las elites brasileñas; y tres, que Lula da Silva es un aliado del capitalismo global que está cosechando lo que sembró por el contubernio con los poderes constituidos. La primera posición no se sostiene, por la sencilla razón de que no existe evidencia que convalide el acto de presunta corrupción que le imputan al líder del Partido de los Trabajadores. Los propios jueces alegaron que “no tienen pruebas, pero tienen convicciones” (¡sic!). La segunda posición es casi tautológica, porque una derecha golpista o no-institucional –como la que gobierna Brasil– sólo dispone de recursos extraconstitucionales e ilegítimos para expandir sus privilegios. Vale decir: es el comportamiento natural del ultraconservadurismo, que nunca respetó la institucionalidad. Y, “last but not least”, la tercera posición, que generalmente corresponde al intelectual de escritorio que juzga todas las realidades en abstracto, e ignora que, hasta antes de Lula, Brasil era sencillamente una esclavocracia (que, por cierto, los ultraconservadores aspiran a reeditar). 

Y aunque es a todas luces evidente que Lula es víctima de una persecución criminal, lo cierto es que la lección más relevante ha sido desterrada de la discusión: a saber, que nuestra región –Latinoamérica– continúa despojada del derecho vital de conducir un cambio social o político, en cualquiera de sus modalidades o variantes. 

En el siglo XXI germinaron esencialmente dos programas de cambio en la región, que por razones prácticas juzgué oportuno agrupar en dos categorías, en función de los líderes que protagonizaron esos procesos de transformación: “chavismo” y “lulismo”. Es innecesario señalar que ninguna de las dos propuestas alcanzó el grado de radicalidad de la revolución cubana. En sus orígenes, el “chavismo” impulsó un programa económico de inspiración keynesiana, acaso reformulado con arreglo a un ideario político bolivariano. Es decir, nada que no se hubiera explorado anteriormente en el continente. Por otra parte, el “lulismo” apostó por un programa típicamente demoliberal o socialdemócrata, que consistió en expandir los derechos de los más desfavorecidos, pero sin tocar la renta de los segmentos más privilegiados. Es decir, nada que no se hubiera puesto en práctica en el mundo desarrollado, especialmente en Europa, y cuyo único propósito era elevar los estándares de vida de la generalidad de la población. 

¡Qué herejía! Lo que en aquellas naciones es un derecho elemental, en América Latina es un privilegio de pocos. 

Hoy, el “chavismo” es objeto de una asfixia económica salvaje, concertada por las élites domésticas e internacionales, y tan sólo equiparable con el cruel boicot financiero-comercial que desde Estados Unidos se orquestó contra Cuba. Y el “lulismo”, que se cansó de respetar la legalidad e institucionalidad burguesa, hoy está prácticamente proscrito, y su líder tras las rejas. Como dicen (vulgarmente) en México, a las élites del poder “ningún chile les embona”. 

La lección es lapidaria: el imperio contraataca. No es una fabricación ideológica. América Latina no conquistó todavía el derecho a decidir sobre su destino. Ni “chavismo” ni “lulismo” sino todo lo contrario: imperialismo sin concesiones ni disfraz.